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miércoles, 10 de marzo de 2010

EL ORIGEN DE ANITA

Para poder explicar la transformación por la que he pasado tengo que ir atrás en el tiempo, a la vida de Anita, la cual quizás por la vida ajetreada que llevó desde niña, habiendo nacido en Alemania en el 1932, con padres que nunca creyeron en la necesidad de una inmigración, a pesar de que mi padre fue de descendencia judía, pero se había hecho católico e iba a ser cura, pero cambió a último momento de idea, y con una madre protestante, he sido criada como protestante.

Ya desde niña tuve que viajar de una ciudad a otra en Alemania, ya que a mi padre, que era corredor de artículos electrodomésticos en aquel momento, no le permitían trabajar por su ascenden-cia y la que figuraba como la representante era mi madre.

Recién en el 38 mi padre comenzó a creer en la necesidad de irnos de Alemania, un hermano mayor suyo ya en el 32 se fue a Francia, porque se veía que en Alemania las cosas no pintaban bien, pero cuando mi papá comenzó a recorrer consulados para conseguir una visa, el único país que to-davía aceptaba a inmigrantes resultó ser Bolivia, y eso porque la profesión real de mi padre era agró-nomo.

Finalmente a principios del 39 nos llegó la visa para Bolivia y cuando fuimos con mis padres, soy hija única, para sacar los papeles alemanes para poder salir del país, a mi papá lo tomaron preso y lo metieron en una cárcel, con tan buena suerte, aunque esto pueda sonar raro, pero quince minu-tos antes había partido un camión con un cargamento humano para Auschwitz, el lamentablemente famoso campo de exterminio, y él se salvó porque llegó 15 minutos después.

Mi madre, conmigo a rastras, los próximos siete días se los pasó recorriendo ministerio tras ministerio hasta que finalmente después de 8 días soltaron a mi papá, dándole 24 horas para aban-donar Alemania, así que él se fue solo a Francia, dejándonos a mi mamá y a mi en Alemania ya que conseguimos un barco para Sudamérica recién medio años después.

Cuando llegamos en el 39 al Canal de Panamá, porque el barco nos llevó a Antofagasta, Chile, éramos el último barco desde Alemania que dejaron pasar.

No quiero hacer aquí el recuento de toda mi infancia en Bolivia, la cual también fue totalmente andariega ya que nos mandaron de un lado a otro, desde el Lago Titicaca hasta la selva tropical del Beni y luego al sub-trópico, en el Yungas. Finalmente en el 44 mis padres se cansaron y nos fuimos a vivir a La Paz, la capital de Bolivia, en donde mi papá trabajó como mozo en un restaurante.

A él siempre le fascinó todo lo que tenía que ver con la naturaleza y a raíz de eso se puso en La Paz a disecar animales, como taxidermista, con tan buen resultado que vino el cónsul de Sao Paulo, Brasil y le ofreció un empleo en el museo de Sao Paulo.

Por supuesto esto era algo fascinante y desde ya mi papá aceptó y al averiguar cuál era la mejor forma y la más económica para hacer el viaje, la agencia de viaje nos recomendó ir en tren a Buenos Aires y de aquí en barco a Brasil. El pasaje del barco tenía que costar $ 45.- por persona, pero lamentablemente cuando llegamos a Buenos Aires nos tuvimos que enterar que se habían olvi-dado un cero, o sea que era $ 450.- por persona, lo cual significaba que llegaríamos a Brasil sin dine-ro, sin vivienda, sin saber el idioma, etc. y lo peor el cónsul jamás respondió a las cartas que se le escribieron.

Por consiguiente nos tuvimos que quedar en forma ilegal en la Argentina, mi papá trabajando nuevamente de mozo y yo de cadeta en una librería y estudiando de noche taquigrafía y máquina.

Debido a los grandes desarraigos que han sido mi infancia y mi juventud, además viendo en las películas de la segunda guerra mundial como bendecían las armas para matar a los otros, etc., todo ello hizo que creciera como alguien que durante la mayor parte de su vida ha sido un ser que no se interesó para nada en lo espiritual, no tenía religión ni creencias, por ahí si aceptaba que podía haber algo superior, pero sin darle mayormente nombre.

Creía en lo que llamamos Dios hasta el año 1959, en el cual mi padre murió en una forma totalmente inesperada, y casi se podría decir por negligencia médica, pero no pienso entrar en ese detalle ahora. Desde ese momento la creencia en Dios también se fue de mi vida ya que no podía comprender como un ser tan bueno como mi padre podía morir en semejante forma.

De esa manera seguí con mi vida, habiéndome casado a los 20 años con el que fue 46 años mi compañero y el padre de mis dos hijas, al cual conocí cuando yo tenía 8 años y él 10 en un inter-nado en La Paz, Bolivia en el cual ambos estábamos, yo porque tenía que estar bajo atención médica por mis ojos, totalmente bizca, y mis padres vivían en el campo, y él porque sus dos padres trabajaban y no se podían ocupar del hijo.

Estuve durante 8 meses en ese internado judío, aprendiendo a escribir y cantar hebreo, para luego volver a casa donde se celebraba la Navidad, etc. O sea ya iban dos religiones distintas y luego cuando al final volvimos en el 44 a La Paz fui a un colegio estatal, colegio Argentino se llamaba, profundamente católico, a raíz de lo cual las tres religiones en mi hicieron que no creyera en ninguna.

Estuve felizmente casada, con dos hijas y viviendo la vida normal de una persona de tercera dimensión. No me preocupaba lo que se llama “el más allá”, no me cuestionaba por qué estaba en la tierra, para qué y a donde me iría. Eran interrogantes que no se hallaban presentes.

Era alguien que lo único que leía eran novelas, y de vez en cuando algo que trataba de algo distinto, como por ejemplo los libros de Shirley McLaine, Dänniken, etc. Me gustaba, pero seguí sin pensar en que había algo más.

Se podría decir que el primer atisbo de que uno podía cambiar su vida fue en el 65 en el que hice junto con mi esposo el curso de Relaciones Humanas de Dale Carnegie. Ahí se empezó a mover algo en mi interior, ya que repentinamente comencé a darme cuenta de los tremendos complejos de inferioridad que conformaban mi vida, los cuales en parte se justificaban por la falta de estudios y mi carácter de enfrentar los desafíos, sin tener en cuenta de que ellos me llevaban mucho más allá de lo que era “normal”.

Igualmente esa pequeña apertura de luz duró muy poco tiempo y mi vida volvió a ser lo que había sido y a mi parecer seguiría siendo.

Así siguió mi vida se puede decir hasta la edad de 59 años a los cuales llegué con serios problemas de salud, en el sentido que necesitaba grandes cantidades de tranquilizantes para tener mis nervios a raya, somníferos para poder dormir, constantemente el inhalador por el asma bronquial que me aquejaba y finalmente terminaba tomando litro a litro y medio de vino en las últimas horas del día para poder aguantarme a mi misma.

Era hija única, que siempre había sido dominada por su madre, a pesar de estar casada, y finalmente en el 91 llegué a un pozo tan profundo, ella estaba en su tercer agonía por cáncer, que le pedí a mi cardiólogo que me recomiende a una persona con la que pudiese hablar, ya que cada día que volvía de ir a verla comenzaba a tomar vino, y no era posible que le llenase constantemente los oídos a mi marido, que era psicoterapeuta y tenía que ocuparse de sus pacientes.

Yo sabía que no necesitaba una terapia de diván, porque me daba cuenta de lo que me pa-saba, pero no sabía remediarlo. Por mi gran suerte, a la que ahora sí, a Dios le doy gracias cada segundo de mi vida actual, me recomendó a una psicóloga que a la segunda sesión me recomendó que estudiase metafísica. Ella tenía un conocido que iba a dar clases a domicilio, así que tanto mi marido como yo nos anotamos.

Yo siempre decía que el día que mi madre falleciese yo quería ir unos días a casa de mi hija menor en Bariloche, junto con la mayor que vive en Tafí del Valle y la cual me vino a buscar, para viajar juntas, después de que mi madre falleció el 2 de julio de 1991.

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